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  • Javier Bolaños

NUESTRAS PALABRAS, CARICIAS O CUCHILLOS

Una vez que nos hemos situado en el marco conceptual del Efecto Pigmalión, que vimos en el anterior post, vamos a dar un paso más que nos irá desvelando la transcendencia que el poder de las palabras tiene en nuestras vidas. Un pensamiento, tanto positivo como negativo, también afecta a las personas que tenemos a nuestro alrededor, las que forman parte de nuestra vida. Nuestros amigos, nuestros hijos, nuestros hermanos, en fin, las personas que tenemos más cerca y con las que pasamos más tiempo, son las más afectadas por uno u otro tipo de pensamiento. Si en nosotros prevalece un tipo de pensamiento, ya sea positivo o negativo, nuestras palabras y actos, tanto con nosotros mismos como con (y hacia) los demás, también se manifestarán en el mismo registro y con la misma frecuencia que en nuestro pensamiento. Si lo que prevalece en nosotros es el pensamiento positivo, vamos a transmitir también palabras positivas que contagien y/o enseñen esa forma de pensar, de sentir y de afrontar las situaciones que la vida nos depara.


Cuando se trata del poder de las palabras y de sus efectos, éstas pueden conseguir minar o potenciar la seguridad de una persona, niño o adulto, en función de las expresiones verbales que esté habituado a escuchar, así como la utilización de éstas hacia las actividades que realice habitualmente en su vida, aumentando o disminuyendo su autoestima, autoeficacia, autoconcepto, expectativas positivas o negativas, motivaciones...


¿Por qué tienen tanta importancia el pensamiento positivo, las palabras que éste alimenta y la influencia que éstas, a su vez, pueden provocar en los demás?

            Comenzando por el caso de los más pequeños, palabras como «Este niño es un desastre», «es muy malo y desobediente», «no se entera de nada», «siempre la estás liando»..., u otras palabras más duras, pueden hacer más mella de lo que podríamos pensar. A veces no somos plenamente conscientes de lo que pensamos o lo que decimos, pero con nuestras palabras juzgamos y etiquetamos a los niños prematuramente, condicionando su comportamiento y produciéndoles unas heridas que, metafóricamente, pueden llegar a estar sangrando durante muchos años si no se reconocen y cicatrizan correctamente. No obstante, el hecho de que tengan que cicatrizar, ya significaría que hubo una herida que curar.

En toda relación con niños y adolescentes debe prestarse especial atención a la forma en que expresamos y transmitimos nuestras ideas, especialmente aquellas que afectan a su propia forma de ser, actuar o pensar sobre una determinada cuestión. Como ya se ha indicado, en estas etapas los jóvenes se encuentran en pleno desarrollo físico, psicológico y afectivo, por lo que son altamente vulnerables a la influencia que puede llegar a ejercerse sobre ellos por medio de la comunicación. Es bastante fácil que, con nuestras palabras, afectemos al autoconcepto y la autoconfianza del niño. El ser humano, y más un  niño, se va nutriendo de las experiencias vividas, almacenando creencias en su subconsciente y, sin ser imprescindible el hecho de volver a pensar en ellas conscientemente, éstas van dirigiendo su vida sobre la base de esas creencias.

En el lenguaje, entre otros, tenemos dos verbos, el ser y el estar, y es común escuchar a un padre regañar al niño que se porta mal diciendo “eres malo”. Pero cuando esto ocurre, el niño simplemente se “está” portando mal, no “es” malo. De hecho, la forma correcta de dirigirse a un niño es refiriéndonos a la conducta concreta que tiene en ese momento. Que se porte de una determinada manera no significa que sea algo inherente a su personalidad que nunca va a poder cambiar. Tal y como apunta la psicóloga Rosario Linares, «lo que digamos sobre nuestros hijos puede marcarlos de por vida, así que para que confíen en sí mismos, antes tenemos que haberlo hecho nosotros. Sólo sabiendo que son aceptados tal y como son, crecerán con una autoestima fuerte y sana».


Sabemos que este tipo de palabras y sentencias, que en principio pueden parecer inofensivas, se repiten con más o menos frecuencia en diferentes situaciones y momentos del día. Suponiendo un caso concreto, y sumándolas, es posible que a lo largo del día hayamos utilizado un mínimo de 15 o 20 palabras o frases del tipo "eres un desordenado", "eres un cabezota", "eres tonto", etc., siendo optimistas. Así pues, si seguimos el recuento, y tomando 15 como número de referencia, estaremos hablando de 105 sentencias a la semana, 420 al mes y poco más de 5.000 sentencias al año. Si tenemos en cuenta los años más importantes del desarrollo emocional de una persona, habremos educado a ese hijo con un total de 90.720 sentencias a sus 18 años. Cabe ahora recordar cómo el tipo de lenguaje utilizado afecta a las personas mayores, pudiendo ser curativo o devastador. Por lo tanto, ¿cuál será el efecto de este tipo de lenguaje en una persona tan maleable y sobre la que tenemos tanta influencia, como lo es un hijo?. Y si aún pudiera quedar más claro, y haciendo la equivalencia, imaginemos qué pasaría si a un niño se le repite durante un mes, 3.024 veces cada día "eres tonto" o "eres un desordenado". En un mes, esa persona, o estaría convencida de lo que le hemos dicho, o se habría ido muy lejos de nosotros, pero con un dolor inmenso, pensando si eso es cierto realmente y viviendo con ello toda su vida. Evidentemente esta comparación es muy extrema, pero esas sentencias que decimos día a día durante 18 o más años, se van grabando en el cerebro como fuego incandescente que marca el metal, y cuyas consecuencias más leves son la firme creencia de eso que tanto nos han repetido, o un malestar continuo del que ni siquiera se puede identificar ya su origen. Y repito, las consecuencias más leves.


Es muy fácil afectar de forma inconsciente a los niños con nuestras palabras. ¿Por qué sucede esto? Porque solemos olvidar que una persona en la infancia desarrolla su autoconcepto, a parte de por sus logros, en función de las expectativas que depositan en él las personas de referencia de su entorno. Es decir, un niño va formando el concepto que tiene de sí mismo en base a las valoraciones que recibe de sus padres, de sus abuelos, de sus tíos, de sus maestros... Y si de pequeñito no le consideran capaz de hacer determinada cosa, muy probablemente acabe siendo incapaz de hacerla. Y no porque no tenga capacidad o habilidades suficientes, sino porque su entorno más próximo le está transmitiendo este mensaje, que difícilmente le invitará siquiera a intentarlo o a probar suerte... Recordemos la parábola del elefante atado a una pequeña estaca. Este hecho que concurre a medida que las personas que nos rodean son afectadas por las repetitivas palabras de sus seres cercanos y educandos, es lo que se conoce como "Efecto Pigmalión", del que hablaré pronto en otra publicación, tanto de sus consecuencias más negativas, como de su utilización más positiva y constructiva.

© 2014 Equilibrio Emocional en la Educación Familiar y Escolar

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